El Madrid de antes de la guerra. La “memoria histórica” de mis abuelos.

Yo no llegue a conocer aquel Madrid, entrañable, pequeño y familiar. El Madrid que yo he conocido ha sido el de los Planes de Desarrollo, el del “baby boom” de los 60, el de los atentados de esa sanguinaria banda de asesinos que ni siquiera me voy a molestar en llamar por su nombre, el de los sucesivos y continuos atentados contra el patrimonio artístico y cultural en nombre del progreso, el Madrid que vio morir a Francisco Franco, un Madrid de nuevo, sino monárquico, si al menos “juancarlista”, gracias al innegable buen hacer de nuestro rey D. Juan Carlos I, el Madrid de la inmigración descontrolada, el de la movida madrileña… Mi ciudad, la ciudad que me vio nacer, un lejano día 20 de mayo del año de 1958. Un Madrid del que, pese a todo, sigo declarándome enamorado.

 Arriba España Cartel CNT 19 de julio de 1936

Cuando yo era tan solo un niño, mis abuelos me contaban mil y una historias acerca del Madrid que ellos habían conocido y habían vivido, antes, durante y después de la odiosa y tan manipulada por unos y otros Guerra Civil. Una guerra que durante casi tres años enfrento a hermanos contra hermanos, sacando a relucir, en la mayor parte de los casos, lo peor del carácter español.

Mi primer recuerdo madrileño se remonta a mis paseos de la mano de la tata Yeya, Eleuteria era su nombre, hasta el Jardín Botánico, el botano decía yo con mi lengua de trapo. Bajábamos tranquilamente por la calle de Santa Isabel, donde vivíamos por aquel entonces en el nº 15, en la que había sido la casa de mis abuelos paternos antes de su regreso a Valencia, donde siempre habían vivido. Tras dejar atrás Atocha, entrabamos a los jardines por la Puerta del Rey, que daba al Paseo del Prado. Ese es mi primer recuerdo de Madrid.

Todo lo demás, lo que a partir de aquí os voy a contar son relatos, historias y recuerdos contados por mis abuelos. Unas historias tantas veces escuchadas, que a veces me parece haberlas vivido en primera persona. Es mi herencia madrileña, una herencia que nadie podrá quitarme jamás.

Me contaban mis abuelos maternos, a los paternos no llegue a conocerlos, que cuando llegaron a vivir a Madrid procedentes, él de Avila, ella de Badajoz, la capital de España era pequeña acogedora y familiar, pero a la vez alegre y bulliciosa. Era el Madrid, aun monárquico, de los felices años 20. Y en Madrid se conocieron mis abuelos, Miguel era militar, del cuerpo de intendencia y Soledad hija de militar. En Madrid se conocieron, en Madrid se enamoraron y en Madrid se casaron. Aquí tuvieron el primero de los dos hijos que tendrían, mi tío Ismael, y aquí vivieron los primeros años de un matrimonio que la Guerra Civil y la posguerra se encargarían años mas tarde de arruinar sin remedio.

Era un Madrid en el que aun se podía ver a los lecheros con sus burros cargados con las cantaras vendiendo la leche de puerta en puerta. Un Madrid donde aún abundaban los carros de mulas, cargados hasta los topes con todo tipo de mercancías: leña, hielo, ladrillos y otros materiales para la construcción, fruta y hortalizas, pellejos de vino, carbón para las calefacciones y las cocinas de entonces… Aun eran escasos los vehículos a motor que circulaban por las entonces adoquinadas calles de Madrid y los carros de mulas no eran sino las furgonetas de reparto de la época. Recuerdo como mi abuela me contaba los largos paseos que daba orgullosamente cogida del brazo de su soldadito por el centro de Madrid. Un centro que, inevitablemente, era siempre la Puerta del Sol y sus alrededores y mis abuelos como tantos otros madrileños de nacimiento o adopción, paseaban por la Puerta del Sol con su boca de metro en el centro y sus quioscos de prensa como actualmente. En el Riojano compraban pasteles o los dulces típicos de cada época del año, las rosquillas de San Isidro en mayo, los huesos de Santo y los buñuelos en noviembre, los turrones, mazapanes y peladillas en Navidad, los panecillos de San Antón en enero…

Una Puerta del Sol, mas madrileña y más auténtica y desde luego mucho más castiza que la actual, que está llena a rebosar de gente buscándose la vida de mil y una maneras, legales o ilegales, llena de hombres anuncio, personajes de Disney, chaperos, gitanos rumanos pedigüeños, cuando no ladrones, chorizos y otras gentes de mal vivir que han deteriorado el centro de Madrid hasta unos límites difíciles de imaginar hace tan solo unos años. En aquella Puerta del Sol, mis abuelos podían pasear tranquilamente. Allí estaban el Café de Levante, el Universal, el Puerto Rico y el Colonial y mi abuela casi nunca podía resistir la tentación de las deliciosas napolitanas de la Mallorquina y otras veces, cuando su paseo por el centro de Madrid coincidía con la hora, entraban a reponer fuerzas con un reconfortante consomé mañanero de Lhardy. Mi abuelo, que siempre fue un ávido lector, nunca dejaba de hacer una visita a la librería de San Martín, de donde salía habitualmente con algún libro bajo el brazo. Por aquella Puerta del Sol, entonces como ahora, provinciana y bulliciosa, se veía a los vendedores de periódicos voceando el ABC, el Sol o El Liberal, a las gitanas leyendo la buenaventura y a las floristas con el cestillo apoyado en la cadera, lleno de nardos, claveles o rosas. Recuerdo también como me contaba mi abuela Soledad lo mucho que le gustaban los caramelos de La Violeta y sus violetas escarchadas, que mi abuelo le regalaba continuamente.

Mi abuelo, que era un auténtico enamorado de la Zarzuela, solía acudir con frecuencia al Teatro de Apolo en la calle de Alcalá, antes de su cierre definitivo y posterior demolición en 1929, al de la Zarzuela en la cercana calle de Jovellanos o al Eslava en la calle Arenal. En estos templos de la lírica mas española y mas castiza, disfruto de zarzuelas tan representativas del género como Doña Francisquita, La Corte de Faraón, Luisa Fernanda, o Los Sobrinos del Capitán Grant entre otras muchas, ya fuera con mi abuela y otros matrimonios amigos o con sus compañeros de carrera. El Sábado de Gloria (Sábado Santo actual) día tradicional de los estrenos teatrales mi abuela y el nunca dejaban de asistir a alguno de los estrenos capitalinos. D. Jacinto Benavente triunfaba en las carteleras madrileñas y mis abuelos siempre recordaban haber visto debutar siendo muy joven a Isabel Garcés, en aquella época aun Isabelita. En el Fontalba vieron actuar a la Xirgú y en el Reina Victoria disfrutaron del costumbrismo de los sainetes de los Hnos. Álvarez Quintero. Años más tarde siempre me hablaron maravillas de D. Pedro Muñoz Seca, a quién mi abuelo llego a conocer personalmente y por el que sentía una gran admiración. Una admiración que tras su infame asesinato en Paracuellos del Jarama en noviembre de 1936 por el “gravísimo” delito de defender sus ideas católicas y monárquicas, se convirtió casi en devoción. Y de ellos, de mis abuelos y de mis padres, me viene esta tremenda afición al teatro que tengo y esa especial predilección por una de las obras teatrales más divertidas, jamás escritas en lengua castellana: La Venganza de Don Mendo obra, como no, de D. Pedro Muñoz Seca.

Mis abuelos me contaban también como eran los entierros en aquel Madrid católico de misa diaria, rosarios y golpes de pecho. Tal vez de aquí proceda mi gran afición e interés por los cementerios y todo lo relacionado con los entierros. Aún se usaban coches fúnebres tirados por caballos, auténticas carrozas, aunque ya empezaban a imponerse los vehículos a motor. Tras ellos marchaban los vehículos de cortejo de familiares y amigos, en un lento desfilar por las calles de Madrid en dirección a alguno de sus cementerios. Era impresionante encontrarse con alguno de estos entierros y más aún si el muerto era alguien importante, alguien de “postín”. En esos casos los caballos que tiraban del coche fúnebre, nunca menos de cuatro, iban empenachados y escoltados por los empleados de la funeraria, vestidos a la “Federica”, igual que el cochero, con peluca blanca, tricornio, librea y calzón corto, media negra y zapato de hebilla. Según mis abuelos era un auténtico espectáculo, algo siniestro, sin duda, pero digno de verse. Y es que en mi familia, la muerte siempre nos la hemos tomado como algo natural e inevitable. Nada podemos hacer contra ella, de modo que mejor tratarla con familiaridad, pero eso si, siempre con cierto respeto.

Por aquella época aun existía el Circo de Price en la Plaza del Rey, otro de los sitios donde los madrileños gustaban de ser vistos, y mis abuelos no podían ser menos. Iban en el flamante Citroen que mi abuelo se acababa de comprar y que años más tarde desaparecería durante la Guerra Civil. Nunca supe con certeza de que color era aquel coche, mi abuelo aseguraba que amarillo, mi abuela siempre dijo que era de color oscuro, casi negro. No hay una explicación lógica, pero siempre que me lo he imaginado aparcado frente a la casa de mis abuelos en la calle Fernán González, he elegido verlo amarillo con los guardabarros negros. Había muy pocos automóviles en aquel Madrid de mis abuelos sin apenas semáforos y donde los madrileños cruzaban las calles cuándo y por donde les daba la gana y los guardias urbanos, con su casco blanco y su porra del mismo color, popularmente conocidos como “guardias de la porra” se encargaban de regular el escaso tráfico rodado.

En los felices y despreocupados años 20 en Madrid se celebraban los carnavales,  cuyos desfiles que recorrían Recoletos y la Castellana y todo lo que se necesitaba para tan señaladas celebraciones se compraba en una tienda, ya desaparecida, que mis abuelos siempre mencionaban cada vez que íbamos a comprar artículos de fiesta para la Navidad y otras celebraciones familiares: era casa Thomas y estaba en la calle Sevilla. Recuerdo, como si fuera ayer mismo estar comprando confeti, matasuegras, serpentinas… y como mi abuelo me decía invariablemente una y otra vez: antes de la guerra todo esto lo comprábamos tu abuela y yo en casa Thomas. Mis abuelos celebraban los carnavales, como no podía ser de otra manera, en el Casino Militar de la recién inaugurada Gran Vía, pero los más selectos y famosos bailes de mascaras de la época, a los que todo aquel que era alguien o quería serlo en Madrid quería asistir, eran sin duda los que se celebraban en el Casino de la calle Alcalá y el del Circulo de Bellas Artes. Y por supuesto estaban los bailes privados celebrados en los palacios, palacetes y casas señoriales de las familias más destacadas de la sociedad madrileña.

¿Y qué decir de la Semana Santa? Los Jueves y Viernes no circulaban los automóviles por el centro de Madrid y la gente acudía al centro desde los barrios más apartados para visitar las estaciones y asistir a los oficios y a las distintas procesiones que recorrían las principales calles de Madrid. Los caballeros acudían con los hábitos y mantos de la Orden a la que pertenecían y las señoras lucían para la ocasión las clásicas y muy españolas peineta y mantilla. Las procesiones del Jesús de Medinaceli, Jesús el Pobre, el Cristo de los Alabarderos o la del Silencio atraían a gran cantidad de devotos por su vistosidad y su sentido religioso, por entonces aun muy arraigado en España. En verano, me contaban mis abuelos, se solían acercar con su flamante Citroen hasta el Hipódromo, entonces situado al final de la Castellana, aunque a veces mi abuela insistía en tomar el tranvía en Cibeles para de regreso acercarse a tomar unos pasteles o un helado a Viena Capellanes que estaba en la Carrera de San Jerónimo.

Y también asistían a los toros, nuestra fiesta nacional, le pese a quien le pese. La Monumental de las Ventas no se inauguraría hasta 1934 cuando mis abuelos estaban aun en Marruecos, de modo que solían ir a la plaza de toros de Goya, situada donde en la actualidad se alza el palacio de deportes de La Comunidad de Madrid, y como decía mi abuelo: “siempre con las mejores entradas, que tu abuela por entonces no se merecía menos. Lo que paso después fue culpa de la vida, que a veces es muy cabrona”

En cuanto al cine, los recuerdos de mis abuelos como pareja se remontaban hasta las películas de Rodolfo Valentino o Charlot. Me contaban como habían asistido a los recién inaugurados cines de la Gran Vía como el Callao o el Palacio de la Música del que siempre me contaban que había sido el cine más bonito y chic de Madrid A finales de los años 20 a mi abuelo lo trasladaron a las entonces llamadas Plazas Africanas. Cosas de los militares. Primero a Chaouen y luego a Larache, donde el 19 de julio de 1931 nacería mi madre, otra fuente inagotable de historias y recuerdos. Mi padre, que había nacido en Castellón de la Plana el 16 de Diciembre de 1924, por aquel entonces no tenía aun ni idea de que acabaría viviendo en Madrid, la ciudad donde conocería a mi madre y donde 11 meses después de su boda, celebrada el 22 de junio de 1957 en la iglesia de los P.P. Carmelitas de la Plaza de España, nacería yo en pleno barrio de Chamberí. Pero esta es otra historia, hoy tocaba hablar de mis abuelos.

No hay, por tanto recuerdos madrileños de esta época en mi familia, y los que siguieron, tras el regreso de mis abuelos y mi madre a la capital de una España, por desgracia ya republicana, y tan solo unos meses antes del estallido de la Guerra Civil, hubiera preferido no tener que escucharlos. Pero la historia de un país y de sus gentes es la que es y opino sinceramente que intentar reescribirla según la ideología política de quienes lo hagan, cuando no borrarla de un plumazo como si nada hubiera ocurrido, es un acto de clara insensatez y demagogia que nada bueno puede traer. Soy de los que creen firmemente que, un pueblo que olvida su historia, está condenado a revivirla.

Aquel Madrid de antes de la guerra, el Madrid de mis abuelos, acababa en el Hipódromo de la Castellana. Era un Madrid sin pretensiones de gran capital europea, no lo necesitaba para ser alegre y feliz. Un Madrid familiar, íntimo y acogedor. Señorial pero con ese punto perfecto de villa, en la que todos se conocen y todos saben cuál es su lugar. Un lugar perfecto para vivir por la alegría de sus gentes. Un Madrid con poco tráfico y aun sin aviones. Un Madrid sin prisas, con más tiempo para todo. Más tiempo para amar, para soñar, para pasear, para jugar, para aprender, para rezar, para bailar, para reír, para llorar… ¡Mas tiempo para vivir! Era un Madrid pequeño pero tenía un corazón enorme. Un corazón que la Guerra Civil se encargaría años mas tarde de destrozar. Madrid y mis abuelos intentaron curar sus heridas. Madrid, aunque ya nunca volvió a ser el mismo lo logró. Mis abuelos sobrevivieron a la contienda, pero por desgracia comprobaron cómo sus vidas nunca volvieron a ser iguales. La guerra, esa cruel y absurda guerra entre hermanos, lo había cambiado todo para ellos.

Sirvan estas líneas como homenaje a dos personas que marcaron mi infancia y mi adolescencia de una forma imborrable, con su sabiduría, sus historias, sus recuerdos, sus siempre sabios consejos y sobre todo su calor y su amor: Soledad y Miguel, mis abuelos maternos.

Abuelos: Donde quiera que estéis, tened la absoluta certeza de que vuestro nieto siempre os llevará en su corazón.

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Acerca de Titinet

No voy a cansaros nada mas empezar. Doy por hecho que vuestro interés no radica en mi persona, sino en lo que a partir de ahora podáis leer en este blog que nace hoy. Así que de mis 55 años de vida, os diré simplemente que soy madrileño de nacimiento y de corazón, que estudie Geografía e Historia y que aparte de la debilidad que siento por la ciudad donde nací, mi gran pasión ha sido siempre y lo seguirá siendo, viajar. Mi padre solía decir que "viajar debería de ser una asignatura obligatoria en todos los planes de estudios" y yo, desde muy pequeño comprendí cuanta razón tenia. Viajar te enriquece, te ayuda a ser mas tolerante con otras culturas, con otras religiones y te ayuda a tener una mente mas abierta y receptiva. Viajar te aporta algo que los libros y las horas de estudio, por mucho que te den, jamas podrá ser igual de enriquecedor. A lo largo de mis muy vividos 55 años, he viajado siempre que he podido, y no ha sido poco. He recorrido prácticamente toda Europa y también he tenido ocasión de viajar a Asia, África y América. Pero por mucho que haya viajado, y tengo intención de seguir haciéndolo, mi ciudad siempre sera Madrid y mi sitio siempre estará aquí. En esta ciudad que me vio nacer y que día tras día me ha ido desvelando sus secretos, contándome sus historias, sus momentos de gloria, sus éxitos, pero también sus miserias, sus dramas y sus fracasos. Una ciudad con un pasado y una historia mucho mas extensa e interesante de lo que muchos conocen. Una ciudad abierta a todos, acogedora y cosmopolita. Una ciudad con una riqueza cultural y humana capaces de sorprendernos en muchas ocasiones. Todo esto es para mi Madrid, y este blog pretende contároslo y haceros participes de la historia y las posibilidades que ofrece esta maravillosa ciudad. Espero que lo disfrutéis. Adelante. Poneos cómodos y sed bienvenidos.
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