Lhardy, mucho más que un Cocido Madrileño.

Una fachada de estilo Segundo Imperio construida con madera de caoba traída de Cuba, las mejores recetas de la más alta cocina europea, un exquisito cuidado en la presentación de los platos, un cocido madrileño inigualable, una fama internacional, un ambiente selecto e inalterable donde parece que no ha pasado el tiempo, innumerables anécdotas, cientos de personajes ilustres entre su clientela, una atención inmejorable…

Hablamos, como no podía ser de otra forma, de Lhardy. Un clásico madrileño que, tras más de 170 años de vida, aun logra seducirnos y cautivarnos. Lhardy ha sabido conservar celosamente el ambiente aristocrático y burgués del Madrid del siglo XIX y principios del XX. Comer en Lhardy permite evocar un mundo elegante y señorial, mientras disfrutamos de la mejor de las cocinas.

Retrato de Emilio Lhardy obra de Federico Madrazo (1867)

Lhardy abrió sus puertas en 1839, cuando en España reinaba Isabel II y aún estaba reciente el abrazo de Vergara, entre Espartero y Maroto. Gran parte de la historia de España se ha tramado y fraguado entre la elegancia de sus paredes, bajo sus lámparas y en torno a sus mesas. En Lhardy se han decidido derrocamientos de reyes y políticos, repúblicas, introducción de nuevas dinastías, restauraciones, regencias y dictaduras. De todo se ha hablado y conspirado en Lhardy, Los personajes más ilustres se han visto reflejados en su famoso espejo. Además fue el primer restaurante madrileño al que se permitió que acudieran las damas solas.

Emilio Huguenin Lhardy, fundador original del establecimiento, trabajaba en el Café Hardy en el bulevar de los Italianos en París cuando Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, le animó a montar un establecimiento en Madrid con su nombre. Y en 1839, tras encontrar un local en la Carrera de San Jerónimo, Lahrdy abrió sus puertas. Fue una auténtica revolución en Madrid. Ofrecía una carta innovadora para los tradicionales gustos de la Corte a base de pechugas Villarroy, suflés, vol-au vents, brioches, croissants o huevo hilado, y entre sus platos nunca faltaban faisanes, besugos, roast-beefs, lubinas y los más selectos mariscos. Fue el pionero del concepto de pastelería, ya que en Madrid hasta ese momento, se vendían bollos y rosquillas, pero no pasteles variados. Las crónicas de la época proclamaban con su habitual ingenio que “Se ha establecido en Madrid un señor francés que hace pasteles con corbata”.

El Salón Japonés de Lhardy.

El acontecimiento social que catapultó a la fama a Lhardy, fue la celebración en sus salones del bautizo del hijo primogénito de José de Salamanca y Mayol, Marqués de Salamanca, en 1841. Este evento hace que ya Mesonero Romanos cite el Lardhy en su Manual de Madrid el año 1844. Algunas anécdotas relacionan a Emilio Lhardy con el Marqués de Salamanca, siendo una de las más comentadas la ocurrida en la Nochebuena de 1846, cuando siete escritores bohemios, aún prácticamente desconocidos, fueron invitados por el Marques a cenar en Lhardy.

Lhardy hizo que la carrera de San Jerónimo adquiriera el empaque de una calle de moda, al estilo de la rue de la Paix en Paris. A mediados del siglo XIX no se habla en Madrid más que de Lhardy como lugar inevitable para las de comidas de la alta sociedad madrileña. La mismísima Isabel II hacía escapadas desde Palacio para comer en Lhardy, como haría su hijo Alfonso XII años más tarde acompañado por el duque de Sesto, Benalúa, Tamames y Bertrán de Lis. Era frecuente escuchar “he visto al Rey, entraba en Lhardy”. Y famoso fue el saludo que Frascuelo, el torero calé, al ver a Alfonso XII entrar en Lhardy le dijo: “¡Olé por el Rey gitano!” Entre sus clientes, Los reyes Juan Carlos y Sofía, Benito Pérez Galdós, Alejandro Dumas, Azorín, Mariano Benlliure, Ramón Gomez de la Serna, Ignacio Zuloaga, Consuelo Bello “La Fornarina”, Mata-Hari, Manolete, el general Primo de Rivera, Emilio Castelar, Julián Gayarre, Jacinto Benavente, Carlos Arniches, los hermanos Álvarez Quintero, Manuel Linares, Pedro Muñoz Seca, Ignacio Luca de Tena, Antonio Buero Vallejo, Francisco Umbral, F. Vizcaíno Casas, Alberto Schommer, Juan Gyenes etc. El 16 de enero de 1986 estaba todo previsto para celebrar un homenaje a Enrique Tierno Galván. Ese mismo día fallecía y el homenaje hubo de cancelarse.

Interior de la tienda de Lhardy con su samovar.

Poco antes de acabar el siglo XIX Emilio Lhardy llevó a cabo una profunda reforma del local y fue cuando creo el Dinner Lhardy y con él el famoso servicio de consomé y su samovar. Es por esta época cuando el hijo de Emilio, Agustín Lhardy se empieza a hacer cargo de las gestiones del restaurante, compaginando estas labores su carrera artística como pintor. Tras el fallecimiento de Emilio Lhardy en 1887 Agustín renueva la carta ofreciendo a partir de ese momento a sus cliente los platos más castizos de la cocina madrileña: los callos y el cocido, quintaesencia del madrileñismo. De esta época son también los versos que Dionisio Pérez Gutiérrez dedico la afición por la pintura de Agustín Lhardy:

Perdona si soy sincero/mas te metiste a pintor/y ¡claro es! a lo mejor/pues resultas repostero. /Conque deja los pinceles/y prestarás un servicio/al arte. Vuelve a tu oficio.!/¡Pastelero a tus pasteles!

Agustín Lhardy fallecería en 1918 y a partir de ese momento Lhardy iniciaría un lento declive debido a la cada vez mayor competencia. De todos los salones del Lhardy, el que guarda más secretos de la historia de España es el salón Japonés, donde se fraguaron toda suerte de conspiraciones. Fue el lugar preferido del general Primo de Rivera para sus reuniones más privadas con ministros y personalidades de la Dictadura, y por contraste, aquí se decidió el nombramiento de don Niceto Alcalá Zamora como presidente de la II República.

Poco se sabe de la historia de Lhardy durante la Guerra Civil, tan solo que el restaurante cerró cuando las restricciones de comida fueron un grave problema. La tienda si que permaneció abierta vendiendo entre otros productos, frutos secos y vino. También se sabe a ciencia cierta que una bomba de aviación que cayó en la calle de los Jerónimos causo serios desperfectos al edificio, e incluso rompió los cristales de las vitrinas. Todo lo demás son leyendas y poco más.

Tras el final de la Guerra Civil en 1939, el espejo de Lhardy volvió a reflejar las imágenes de las figuras más importantes de la intelectualidad española. Regresó el consomé que antes de la contienda había reunido a la mejor sociedad madrileña, nacional y extranjera y Lhardy volvió a ocupar su esplendor y su lugar de honor entre los restaurantes madrileños. Poco a poco todo fue retornando a la normalidad. Los personajes más conocidos e influyentes de la nueva sociedad surgida tras la victoria del general Franco volvieron a llenar sus salones, volvieron las tertulias, y también volvieron las conspiraciones. Francisco Umbral comentaría hablando de Lhardhy:

“Unos conspiran en las tabernas y otros conspiran en Lhardy. Se empieza en los tabernáculos obreros de Vallecas y se acaba dando una cena en Lhardy, porque todo el secreto de la vida nacional está en saltar de la taberna obrerista a Lhardy”.

Y así, llegamos hasta el presente . En los últimos años se han recuperado algunas de las recetas históricas, como la poularda rellena o la ternera Príncipe Orloff, pero también se han creado nuevos platos como la merluza rellena de mariscos con salsa Cumberland, la langosta a la rusa o la lubina con langostinos. Pero en los fogones de Lhardy, dirigidos por Ricardo Quintana, el plato estrella que se sigue preparando como siempre, es el más solemne de los cocidos madrileños, un cocido que se presenta en tres vuelcos, como manda la tradición. Primero la sopa de fideos, perfectamente desengrasada, contundente y sabrosa, con sabor a carnes, legumbres y hortalizas. Y después los garbanzos de Fuentesaúco con repollo y patata, además de gallina, falda y morcillo de vaca, tocino, punta de jamón, chorizo, salchicha trufada, morcilla y el clásico relleno. Conjunto que se adereza con aceite de oliva o salsa de tomate. Un cocido de etiqueta, presentado en bandeja de plata en cualquiera de sus espléndidos salones: el Isabelino, el Japonés, el Blanco, el Sarasate, el Gayarre y el Tamberlick.

¿Y el futuro? El futuro aún está por escribirse, de modo que lo mejor será que cuando acudamos a este clásico de la restauración madrileña, alcemos nuestras copas y brindemos por el Lhardy y porque su futuro se escriba con letras de oro. ¡¡¡Larga vida al Lhardy!!!

Lhardy – Carrera de San Jerónimo 8, 28014 Madrid.

Telefonos: (+34) 915 213 385 – (+34) 915 222 207.

Horario del restaurante: L a S de 13:00 a 15:30 y de 20:30 a 23:00, D de 13:00 a 15:30.

Horario de la tienda: L a S de 9:00 a 22:00, D y festivos de 10:00 a 15:00.

Cerrado domingos y festivos por la noche.

http://www.lhardy.com/

Anuncios